“¡Y cuando yo sea gobierno…!”


“Que no se te olvide, a Jesús lo mató la democracia. Pregúntale a Barrabás.”

        – Guillermo Martínez y Machado, humorista cubano-boricua,
inspirador de las “Décimas del Parecido” de Carlos Vives

La frase que da título a este escrito es eminentemente Freudiana. La escuché por primera vez por pura casualidad. Como saben, soy de Puerto Rico, y Caracas me queda a 850 kilómetros al sur, con el Mar Caribe de por medio. Un día, en los tiempos anteriores a la televisión digital y las transmisiones en directo por Internet (y, de paso, anteriores a Hugo Chávez),  tuve la suerte de captar desde la sala de mi casa una transmisión televisiva de Radio Rochela, el eterno programa de sátira venezolano. Alguna tormenta en medio del Caribe me sirvió de antena. En el programa, un personaje recurrente emulaba a todos esos políticos verborréicos que subestiman la inteligencia de su audiencia. “¡Y cuando yo sea gobiernooo…!”, repetía constantemente, antes de proponer múltiples barrabasadas –todas diseñadas para enriquecerse personalmente de sus representados. Él sería el gobierno. Y cuando lo llegara a ser, iba a disponer de la vida, obra y hacienda de “no sé cuántos millones de babalawos.” Así de fácil.

Mi ciudad natal de Mayagüez queda bastante lejos de Quinta Crespo en Caracas, pero definitivamente ambos lugares estaban cubiertos por el mismo largo de onda… y no hablo de ondas electromagnéticas nada más. Es raro el lugar en Latinoamérica donde la gente común y corriente –y hace falta definir el término bien, porque al minuto en que uno asume afiliación, devoción y total obediencia a alguna entidad gubernamental (o más precisamente a la camarilla que la administra), uno deja de ser parte del colectivo para convertirse en parte del problema– esté satisfecha con sus gobiernos. Hay honrosas excepciones, pero la excepción prueba la regla siempre.

87-fiquito-destacadoEn Nuestramérica, un sentimiento muy común entre nosotros es la frustración, que a veces raya en la impotencia más desesperada, sobre cuán bien –o cuán mal, en la mayor parte de los casos- nuestros gobiernos responden a nuestras necesidades individuales y colectivas. Cuando menos, nosotros percibimos a nuestros gobiernos, ya sean comunales, municipales, departamentales, provinciales, federales o nacionales, como entidades que sólo responden a quien más le chilla. En el peor de los casos, tenemos que soportar, a veces durante décadas, a alguna determinada cuadrilla de individuos que sólo responde a sus necesidades particulares, y para quienes el pueblo al que le sirven es una inconveniencia, a veces peligrosa. No importa si advienen al poder por las urnas, por algún golpe de estado o por una combinación de factores que recuerden a ambos: el resultado es el mismo.

Hay quien dice que no debiéramos sentirnos mal, puesto que el sentimiento de frustración de los seres humanos con sus gobiernos es un mal mundial. Sólo los gobiernos ultra-eficientes de muy pocos países –y hay quien rápido piensa en lugares donde la gente es seca, fría y demasiado racional, como Suiza o Alemania, así no sea totalmente cierto- logran la aprobación general de todo un pueblo. En lugares particulares –como en regiones de Estados Unidos o algunos países de la Península Arábiga, inundados de dinero-, la gente suprime toda molestia que tengan con su gobierno mientras sus ciudadanos se mantengan distraídos por la prosperidad que disfrutan. En otros lugares, el gobierno es inexistente, y la gente ya se ha acostumbrado a vivir sin su influencia directa. En la mayoría de los demás lugares, sin embargo, el gobierno está presente, así sea nominalmente, y los ciudadanos ven al gobierno como algo que les importuna, en vez de resolverle sus problemas.

La realidad es que los gobiernos, cuando funcionan –o tratan de funcionar- realizan una labor muy delicada. Ante recursos limitados, un buen gobierno está supuesto a establecer prioridades. Cómo determina esas prioridades es el primer conjunto de reglas prestas a ofender a sectores grandes de la población. Si para colmo esas reglas están sujetas al vaivén de la influencia de determinados sectores poderosos –no importando el sistema político que rija al país- cabe una posibilidad muy real de que el gobierno solo le sirva a esos intereses dejando al resto de la población frustrada.

Asumamos por un segundo que el gobierno en cuestión no tiene por meta robar, o desperdiciar dinero en obras faraónicas, o mantener a los acólitos de alguna tendencia política contentos y con trabajo. Asumamos que no es tan corrupto como para proteger empresas del crimen organizado, o a compañías multinacionales que, si por ellas fueran, ejercerían un gobierno paralelo en vez de mangonear al existente. Asumamos que, en mayor o menor medida, el gobierno busque desarrollar y mantener iniciativas para mejorar la seguridad, la salud, la infraestructura pública de la región. Que verdaderamente se ocupe de facilitar, promover, y si fuera necesario, crear progreso para sus ciudadanos. Para ello debiera proporcionar seguridad, prepararse para minimizar todo tipo de riesgos a la población, y asegurarse que nadie queda sin lo mínimo para la subsistencia: comida, albergue, buenos trabajos, amparo a quienes no lo pueden hacer. Por último, que ese gobierno facilite o permita que cada ciudadano pueda mejorar progresivamente sus condiciones de vida, ya sea por su propio esfuerzo o con asistencia. Para que tal cosa ocurra, una buena educación debiera, al menos, ser una opción disponible a cada ciudadano.

En muchos lugares, pretender que el gobierno asuma responsabilidad por todas estas cosas es impensable. Se requiere, aparte de la buena voluntad de los gobernantes, del uso juicioso de los recursos, el autoexamen constante, y el escrutinio frecuente, objetivo y desinteresado por parte de esos mismos  gobernantes. Requiere, además, el examinar lo que ocurre en el resto del planeta con tal de ver si merece adoptarse en el lar propio.

Por ejemplo, casi todo el mundo define cuán bien gobernado está un país basándose en su Producto Nacional Bruto. En unos pocos lugares, sin embargo (el reino asiático de Bután, el Reino Unido y Tailandia, monarquías las tres) se ha tratado de establecer metodologías por las cuales se mida el bienestar de la gente en términos de cuán felices son sus ciudadanos o cuánto bienestar provocan en ellos las acciones de su gobierno. Bután ha desarrollado esta filosofía mejor que ningún otro país, estableciendo un índice de Felicidad Nacional Bruta. Claro, cuando tal iniciativa proviene de un monarca –que en sus tiempos fue absolutista- la iniciativa es mucho más fácil de implantar. Cuando la iniciativa toma en consideración las peculiaridades específicas a la cultura del lugar, se corre el riesgo de que el gobierno resultante salga a la medida de lo que los ciudadanos quieren… y no lo que el país necesita.

Los puertorriqueños, que tenemos fama de hedonistas a quienes les gusta la juerga, la fiesta y la bebelata, acostumbrados desde la década de 1840 a que el mejor gobierno fuera el de “Baile, Botella y Baraja”, probablemente le pediríamos a nuestros gobernantes que nos concediera algún estipendio anual para supervivencia (aunque a algunos el gobierno federal de los Estados Unidos les concede precisamente eso). Le pediríamos que nos arreglara nuestros miles de kilómetros de carretera (para que nuestros indispensables autos circulen por las calles en atascos, embotellamientos y tapones épicos). Le pediríamos que nos concediera una cantidad obscena de días de fiesta, y empleos de subsistencia que, al mismo tiempo, nos facilitaran una vida bastante lúdica. Ya tenemos una infraestructura, cara y en franco deterioro, pero de calidad tolerable.

Sin embargo, con un gobierno casi en quiebra (con una deuda externa/eterna de casi $70 mil millones de dólares) unas tasas de criminalidad obscenas, con profundos problemas sociales, con un gobierno altamente ineficiente, con una corrupción legalizada de nuestro aparato político que ha hecho que el gobierno responda cada vez menos a los ciudadanos y con una expectativa de ser de todo un poco para todos, nuestro gobierno termina siendo casi nada para casi todos nuestros ciudadanos. Excepto, desde luego, para quienes lo manejan y lo corrompen tras bambalinas, que usualmente son los intermediarios entre alguna burocracia federal estadounidense y nuestro gobierno, o el representante de alguna empresa multinacional con intereses económicos voraces.

No puedo hablar sobre muchos otros países latinoamericanos sin conocimiento de causa, pero en los pocos que conozco me consta que la gente sufre muchos de los mismos problemas: burocracias asfixiantes, ineficaces, manejadas por burócratas cuyo principal motor es la supervivencia y por políticos más bien dedicados a llenarle los ojos con obra superflua o irrelevante a sus representados. También existen iniciativas gubernamentales bien intencionadas, pero equivalentes a tratar de vaciar una piscina con un cubo, sobre todo aquellas relacionadas a erradicar la pobreza, y minimizar la desigualdad social y económica en nuestros países.

Por esto y por otras razones, me pregunto, abiertamente: ¿qué se necesitará para cambiar todo este panorama? Sé de formas de remediar problemas individuales. Para tomar buenas decisiones de gobierno existe la buena planificación y medición de resultados. Para hacer buena gerencia, existe la adopción de buenas prácticas gerenciales, tanto a la hora de planificar como la de ejecutar. El readiestramiento y las políticas imparciales de recursos humanos basadas en el principio de mérito pueden ayudar a habilitar a la gente adecuada en las posiciones gubernamentales correctas.

Para mejorar un país a largo plazo, está la buena educación, que sea vista como un activo del país, y no como un medio de perpetuación de la mediocridad o la ignorancia como instrumento de dominación de todo un pueblo. La solidaridad ciudadana y la confianza en sus sistemas de gobierno son indispensables en ese sentido. Para minimizar la corrupción, existen mecanismos de transparencia, como la divulgación de presupuestos, transacciones gubernamentales y contratos por Internet. Puedo  seguir elaborando alternativas hasta aburrirles.

Sin embargo, sospecho que muy pocos de estos mecanismos pasarán de ser iniciativas aisladas sin la presencia de al menos tres factores. Uno de ellos es lograr que la gente se sienta apotestada para  fiscalizar, cuestionar, exigir y, en casos extremos, protestar ante las acciones de sus gobiernos. Esto parte de la premisa de que el gobierno respeta sus libertades ciudadanas y no les reprime a la hora de solicitar la reparación de agravios. Lo mismo se debiera esperar de los partidos políticos.

El segundo factor es el desarrollar la conciencia cívica y política entre los ciudadanos, ya fuera a través de la organización política o de la educación, con tal de lograr cambios en nuestros procesos políticos. Es difícil romper con los esquemas políticos que han llegado a perpetuarse en algunos de nuestros países. A veces se trata de un sistema binomial de partidos, dignos de ser descritos con el nombre de una canción de salsa famosa de los 70’s: “Quítate tú pa’ ponerme yo”, donde cada partido se comporta como pandilla. A veces se trata de un sistema de partido único, donde los personalismos se disfrazan de propósito común. A veces se trata de sistemas pluripartidistas donde las alianzas se convierten en un fin, y no en un medio, de lograr cambios en el país.

Finalmente, el tercer factor es la intervención directa de la propia gente en los procesos de diseño, planificación y ejecución de planes de las iniciativas gubernamentales: presupuestos participativos, intervención en grupos focales, iniciativas de creación de leyes, referéndums, etcétera. Esto se está logrando exitosamente –aunque en ocasiones aisladas- en muchos de nuestros países.

Si estas tres cosas no ocurren, me temo que solamente otros dos factores lograrían cambios fundamentales positivos en nuestras sociedades. Uno de esos factores sería el conjunto de concesiones que pueda hacer un gobierno ante la opinión pública, propia o ajena –y a veces esa opinión pública depende mucho de medios de comunicación, sobre todo los que la forman, y a veces la deforman. Lo otro sería retroceder a la época de los monarcas de la Ilustración, donde un monarca hereditario logre estas mejoras disponiendo de dos cosas a su favor: la genética –porque heredó el trono- y la calidad de sus propuestas. Y últimamente, a juzgar por las actuales casas reales europeas, los monarcas lo único que hacen es pavonearse mientras sus países experimentan crisis económicas y desigualdad severa.

¿Tendremos que llegar a esos extremos? ¿A que los gobiernos solo funcionen bien de acuerdo a lo que les exija la opinión pública? ¿O a que el gobierno –el que sea- solamente actúe como yo necesito que lo haga… cuando yo sea gobierno?