La marca de un movimiento


piedra250x270Caminamos por los restos que dejaron los movimientos sociales a lo largo de toda Latinoamérica, desde México hasta Chile, pasando por el Caribe para luego bajar recorriendo toda la placa de Nazca, sacando un brazo gigante que cubrió Brasil, el país continente, que con sus casi 200 millones de habitantes también le decía no al abuso. Estábamos más allá de izquierdas y derechas, un movimiento auténtico que nacía de una juventud hiperconectada. Creímos que estábamos haciendo algo bien, una extraña sensación de triunfo se sentía en el ambiente, la energía que generaba  un cambio trascendental contra el poder extractivo. Contextualizando las palabras de Hunter S. Thompson; Después de algunos años, si hoy miramos la cordillera, todavía podemos ver la marca que dejó la ola más grande, ese lugar donde finalmente se rompió, para luego retroceder y desaparecer.

Hoy Latinoamérica siente cada cierto tiempo algunas réplicas de lo que fue este significativo y corto quiebre, pero que ya no son auténticas. Vuelven a tener un color y un aroma manipulado, en algunos casos abusando de lo que alguna vez fue, para sacar provecho de nuevos y viejos participantes. Nos vemos enfrentados a nuestro eterno gatopardismo, porque entre más cambian las cosas, más siguen iguales.

La corrupción pasó nuevamente a ser la portada de nuestros diarios, uno a uno han ido cayendo los líderes de todos los sectores políticos, pero esta vez se suman también los nuevos referentes junto a empresarios, policías, militares, iglesias y prácticamente cada institución que pueda ser representada por algún hombre o mujer. Los de siempre ahora son los de nunca acabar, volvemos a repetir los errores, dándoles en bandeja el poder a quienes creíamos por un segundo que estábamos derrotando.

Duró poco la esperanza de despertar a todo un continente, que adormecido y apático vuelve a mirar por la ventana lo que ocurre, alegando desde la comodidad de su celular. No hay necesidad de pasar frío en las calles. Los medios de comunicación nos cuentan que los frutos fueron pocos y que no vale la pena… y les creemos. No es de extrañar que aparezca una batería de leyes contra protestas, filtraciones, leyes mordazas, leyes estrictas, para que ese desorden que en algún momento amenazó el statu quo no vuelva a ocurrir, por lo menos no en el corto plazo, hasta que nuestro problema de memoria se haga cargo.

Vuelve a reinar la hipocresía, educando en el miedo porque tiene resultados potentes, el más tenebroso de todos es el miedo al cambio, al fracaso y por ende el miedo a atreverse. Mejor obedezcamos callados que así no pasará nada, no emprendamos que así no nos endeudaremos, mejor no opinemos porque alguien podría pensar distinto, mejor no votemos porque son todos iguales. 

Somos el letargo de un sueño que no llegó a ser, una resaca de un movimiento que creíamos era mundial, pero del que nunca nos hicimos cargo, porque no transformamos el “que se vayan todos” en “hagámonos cargo”, y así no se puede, porque para lograr cambios verdaderos hay que trabajar, pero no solos, sino que en equipos, de forma colaborativa, mirando un objetivo en común y eso al parecer no nos gusta.

Argentina se repite el plato y queda con su ex presidente y el actual en medio de acusaciones por corrupción, Chile no deja de despertar día a día con una cara nueva en la lista de poderosos y políticos corruptos que finalmente salen libres de toda culpa por arte de magia, Brasil se inventa un golpe a través de propaganda mediática y aprovechamiento de errores de uno y otro lado, abusando de la manipulación, Perú no solo se repite el plato sino que sin memoria se entrega nuevamente a su pasado más oscuro, de la mano del aumento significativo del narcotráfico superando a Colombia, México ya no es 132 y siguen esperando que vuelvan vivos, Puerto Rico quiere rememorar lo que alguna vez fue un movimiento en la UPR pero desaparece antes de formarse, Venezuela está completamente sumergida, sin visión de cambio y sin alternativas a las diferentes víctimas de la polarización, Bolivia busca enemigos externos para no ver los internos, Uruguay bien gracias, Colombia vuelve al repetido discurso de la paz para ganar o perder votos, Ecuador y Paraguay sueñan con el alza de las materias primas que les promete un eterno bien a futuro, Guatemala, El Salvador, República Dominicana y Honduras estancados con piedra firme, Panamá como nuevo representante mundial del lavado de dinero, imagen que hoy los destruye comunicacionalmente, y finalmente Haití, manteniendo su triste record de ser el país más pobre del continente sin oportunidad de levantarse solo, porque está atorado de tanta ayuda humanitaria que se terminó por hacer dependiente del control externo. Y qué nos queda, elección o reelección, como diría La Bersuit.

Desviamos el rumbo en algún momento y es hora de mirar atrás para aprender de los errores, porque de ensayos nos cansamos, pero ninguno se concreta por la falta de voluntades, no solo políticas, sino que sociales, comunitarias, responsables y compartidas, a través de un enfoque concreto, planificado, con una visión a largo plazo, sin olvidar el mediano y el corto, porque también es ahora cuando los cambios se necesitan y no solo en época de campañas. Dejemos de creernos el cuento del edén porque acá el único paraíso que vemos es fiscal.

Latinoamérica entra en un nuevo ciclo de eterno retorno, como las malas modas que vuelven a aparecer de vez en cuando, cumpliendo siempre su ciclo, porque somos una representación gráfica de Sísifo, siempre estamos en el casi, siempre pega en el palo y se devuelve, siempre nos creemos el cuento y nos dormimos.

Lo que viene podría como siempre ser bueno y malo, lamentablemente no depende ni siquiera del azar, sino de la capacidad de reacción que tengamos, de la presión que nos pongamos en los zapatos para volver a ser algo, a recuperar lo que siempre y quizás por cansancio a veces logramos, pero en el transcurso del tiempo volveremos a perder. Quizás no somos cuidadosos de nuestros triunfos y nos acomodamos entonces en el fracaso.

No seremos en la medida que no nos reconozcamos, ya que será esta la única forma de colaborar para hacer que este continente aproveche sus oportunidades y deje de quedarse mirando al cielo a ver si un mesías nos viene a salvar. De una vez por todas debemos entrar en la época del hacer, del cambiarnos a nosotros mismos para cambiar nuestro rededor, y así tal vez, tener la oportunidad de equivocarnos, pero intentándolo de verdad. Esa es la única manera de lograr avanzar, sin miedo, sin descanso, haciéndonos parte de nuestra identidad para sacar lo mejor y no lo peor de ella.

Mientras tanto, volvamos la vista a esa marca que dejo aquella ola, que parecía despertar en nosotros un cambio de mentalidad, pero que terminó desvirtuándose en una vulgar caída en espiral, destruyendo la poca confianza que quedaba a su paso, aunque esta vez con una luz de esperanza, una luz que esperamos sea tan fuerte, que parta eliminando el hongo de la corrupción y después educar en derechos y sobre todo en deberes, este último quizás representa el eslabón que se rompe cada vez que intentamos cruzar aquel umbral que hoy es solo una huella, de ola, de pasos, de Sísifo latinoamericano.  Si nos cuesta tanto por qué volver a desperdiciar todo el esfuerzo. Seamos más que una eterna leyenda.