Medios Lentos recuerda a Tomás Eloy Martínez con una nota publicada en La Nación en el año 1998

Lecciones de pobreza

Por Tomás Eloy Martínez 
Para La Nación

Sábado 21 de noviembre de 1998

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Hace algunas semanas tuve que ir a Cartagena de Indias a dictar un seminario de periodismo sobre el tema de la pobreza en América Latina. Los invitados eran doce reporteros de países tan diversos como Guatemala y Bolivia, la Argentina y México, a los que se les había encomendado escribir un relato que reflejara los descalabros de la pobreza durante la última década.

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A mí me tocaba hablar por la tarde. Durante las mañanas, dos maestros enviados por el Banco Interamericano de Desarrollo demostraban con cifras y estadísticas que las reformas del Estado no han sido tan malas como parecen: la educación y la salud, por ejemplo, han mejorado ligeramente. Lo que ha empeorado es la desigualdad y la corrupción, que parecen males endémicos. Entre las nueve naciones más destrozadas por la corrupción oficial, cinco son latinoamericanas. Tal vez sean seis si se piensa en Haití, pero todos los datos de ese país son un inescrutable misterio del vudú.

En esas clases de la mañana aprendí también que otra de las tragedias derivadas de la reforma del Estado es el crecimiento aluvional de la desocupación. Hace una década, que hubiera un nueve o diez por ciento de personas sin trabajo era una vergüenza nacional. Ahora que los índices están llegando al doble, los gobiernos prefieren declararse impotentes para resolver al problema. Uno de los periodistas del seminario quiso saber si una solución posible es la del empleo productivo, que imagina una sociedad darwiniana en la que sólo tienen trabajo los más capaces y los demás se las arreglan como pueden. La idea fue descartada. Los empleos productivos no son posibles cuando lo que cuenta en el trabajo no es la eficacia sino el clientelismo político, la devolución de favores y la complicidad con los de arriba. La salida a la que se está llegando, en cambio, es un hecho de fuerza: la migración en masa de los desocupados.

Trampas de la economía
Una de las mejores lecciones que aprendí en Cartagena es que la economía dista de ser una ciencia exacta. Está sembrada de trampas mortales y de callejones sin salida. Tiene un comportamiento casi tan imprevisible como el de la literatura.

Como ya dije, a mí me tocaba hablar a la hora de la siesta, cuando Cartagena se vuelve tan húmeda y candente que no se ven perros en las calles ni pájaros en el denso cielo amarillo. Nada de lo que dije fue importante, pero lo que oímos bastó para mantenernos no sólo despiertos sino también entusiasmados.

Un periodista de Brasil nos leyó una de esas historias de miseria que sólo ocurren en América Latina: la del estadio de fútbol con capacidad para diez mil espectadores que mandó construir el prefecto de un pueblo del nordeste llamado Brejinho, en el que hay menos de siete mil quinientos habitantes. Su relato hizo recordar a otro de los periodistas que cuando comenzó la rebelión en Chiapas, en enero de 1994, estaba construyéndose en San Cristóbal de las Casas un gran teatro de ópera con mil plateas, playa de estacionamiento para 250 vehículos y un sistema de aire acondicionado carísimo para enfriar una temperatura que oscila por las noches entre los diez y doce grados centígrados.

Invocar esas barbaridades estimuló la imaginación de los demás reporteros, cada uno de los cuales conocía un ejemplo de gastos extravagantes e inexplicables en áreas de miseria: desde grandes aeropuertos y autopistas que desembocan en las casas de unos pocos caudillos regionales, o bien hospitales lujosos en aldeas perdidas en las que no hay médicos, hasta hoteles de turismo construidos en desiertos inaccesibles.

Sin embargo, las verdaderas desventuras de la pobreza se narraron después. Una de las más conmovedoras fue la del periodista boliviano, que describió la desesperanza de las familias que viven junto a los basurales de Cochabamba, en barrios de cartón y bolsas de polietileno. Su principal fuente de ingreso son los desechos de plástico que revenden a las fábricas, con una ganancia que va de un dólar a un dólar y diez centavos por día. Hasta las enfermeras del dispensario que los atiende o las maestras que ayudan en la guardería tienen sueldos de mendigo: unos 45 dólares al mes. Casi todos ellos perdieron en el pasado algún trabajo mejor: en fábricas de electrodomésticos que cerraron, en minas de estaño que se agotaron, en bancos que fueron a la quiebra.

El Sur mira hacia el Norte
Tanto en Bolivia como en las demás naciones de América Latina, el débil hilo de la clase media está rompiéndose. La reforma del Estado devolvió tal vez la salud a las economías nacionales y restauró en unos pocos países privilegiados la confianza de los inversores extranjeros, pero está haciendo estragos en las capas más bajas: la mayoría de los que caen en el desempleo no vuelven a levantar cabeza.

La paradoja es que en los Estados Unidos sucede exactamente lo contrario. La economía es cada día más saludable, la bonanza se siente en el aire de las ciudades, y el empleo es un problema serio, porque hay demasiado trabajo y brazos insuficientes. El gerente de una gran cadena de librerías me comentó, hace pocas noches, que le es difícil conseguir vendedores para las nuevas sucursales. Todo el mundo tiene demasiadas cosas que hacer, y los salarios de 25.000 dólares al año ya no atraen a nadie. El rumor de esa bonanza se está extendiendo como pólvora por América Latina, y los emigrantes están convirtiendo la frontera con México en una cortina de arena.

Tal vez por eso, la historia que más nos impresionó en el seminario de Cartagena fue la de una periodista de Puebla, México, que contó la odisea de Félix Sánchez, un campesino de Piaxtla que llegó indocumentado a Los Angeles y trabajó en una fábrica de lamparitas eléctricas mientras su esposa cosía ropa a destajo. Tras dos años de privaciones durísimas logró ahorrar 12.000 dólares y se compró una máquina de hacer tortillas para distribuirlas casa por casa en las comunidades mexicanas de la ciudad. Al cabo de dos décadas, Sánchez es dueño de una poderosa productora de alimentos, Puebla Foods, con ventas anuales por cuatro millones de dólares. Hace un par de años quiso repatriar su buena suerte e intentó fundar en Piaxtla una envasadora de ajíes. No pudo, porque en su aldea natal no hay un buen sistema de comunicaciones y todo lo que se produce en la región -que es de una pobreza extrema- allí se queda.

El valor de la gente
Lo cierto es que cualquiera que camine ahora por las calles de Nueva York, de Chicago, de Boston o de Boulder -por no hablar de la obvia Miami o de Los Ángeles- advertirá que hay oleadas de inmigrantes recientes. Hasta los latinoamericanos más orgullosos de su cultura nacional, como los brasileños o los venezolanos, están huyendo por millares hacia el norte, con una desesperación que alarma. "Ahora vienen a cobrar todo lo que les quitamos", me dijo el gerente de la cadena de librerías con clarísima ironía. Sin embargo, nada de lo que nos quitaron en el pasado, si algo nos quitaron, tiene el inmenso valor de lo que se están llevando ahora: la gente.

América Latina ha vivido ya más de cinco siglos en estado de pobreza. La que está empezando ahora, con el vasto éxodo hacia el norte, es tal vez la peor de todas.

Fuente: La Nación, sábado 21 de noviembre de 1998