
Crónicas del Norte, Tartagal (II Parte)

Por Micaela Cicioli
Sabemos que los pueblos originarios vivían en Argentina mucho antes que nuestros antepasados descubrieran lo que creyeron que era India. Desde aquel 12 de octubre de 1492 en que un grupo de conquistadores invadió América en representación de los Reyes Católicos, o sea, recién 400 años después, los pueblos originarios fueron reconocidos en muchas proclamas revolucionarias. Una de ellas, en 1810, otra, en las actas de la Asamblea de 1813 y en la Declaración de la independencia de 1816 inclusive publicadas en lenguas indígenas quechua y aymará, dos de las que se hablaban en el territorio del antiguo Virreinato. A pesar de todos estos reconocimientos, la cuestión de los pueblos nativos ha sido históricamente distorsionada. Por ejemplo, en 1833 Juan Manuel de Rosas hizo su campaña del desierto en donde masacró y desplazó a centenares de nativos y pasaron por encima los reconocimientos antes mencionados.
Luego de “algunos” años en 1985, los indígenas lograron a través de la ley 23302 crear el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) con el objetivo de proteger y apoyar a las comunidades aborígenes. En 1994, casi 200 años después de la primera reivindicación, se reformó la Constitución Nacional y los pueblos originarios obtuvieron el reconocimiento de ser sujetos de derecho.
Con esta reseña y toda la que hay en materia de organizaciones, como la OEA, la ONU y demás estructuras que se preocupan por los derechos de la humanidad, uno podría imaginarse (si las leyes se cumplieran) que al llegar a una misión Guaraní, milenarios agricultores y ganaderos, se encontraría con campos cultivados y gran biodiversidad, porque se conoce la relación entre las prácticas indígenas y el desarrollo y respeto por el medio ambiente. Obviamente esa biodiversidad no existe, a no ser que los indígenas tengan un hábito milenario que conste en la biodegradación de las montañas de basura con las que conviven a diario.
En las afueras de Tartagal, antes de entrar a la comunidad Lapacho II, desde la ruta parecería visualizarse el acceso al basural del pueblo. Pero ahí es donde vive la gente de esta comunidad, entre telares, o cuatro maderas juntas unas con otras, literal, ese es su techo. Los niños y niñas vestidos con ropa moderna, pícaros, se ríen pero no hablan castellano. Si ven una cámara se agrupan y posan mientras juegan descalzos con los afiches de algún partido político. Las madres no dicen una sola palabra, en tal caso levantan la cabeza y hacen una leve inclinación. Una señora veterana con el pelo largo y mirada cansada e inexpresiva está sentada en un costado. De la tierra brota una canilla cual girasol desde una ascienda. El agua que cae al piso de tierra, embarra los bidones para transportar el líquido desde la canilla hasta las moradas de los originarios. Algo similar a lo que hacen algunas personas cuando se van a un camping. Esto mismo pasa en la misión Pablo Secretario en donde los ¿jejenes?, ¿pulgas? no dan respiro y atacan sin piedad las piernas de cualquier forastero.
Ante semejante contraste entre lo teórico, lo que “debería ser” en materia escrita de derechos humanos y lo empírico, hay un abismo. Muchas leyes siguen sin ser cumplidas y los derechos humanos parecerían ser del más allá, algo así como un idealismo platónico.
Pero también están las comunidades como la de los Tobas y Cherenta que tienen casillas donde vivir y están un poco mejor armadas. En Cherenta, es donde está ubicada la plaza en donde mujeres y hombres realizan trabajos de albañilería. Estas comunidades tienen construidas casillas de cal y ladrillo. Ceferino Montenegro es 2do cacique de otra comunidad llamada Cuña Muerta y nos contó que desde el año 60, pelean por recuperar las hectáreas que les usurparon. Actualmente ocupan 23 de las 510 que les corresponde. Un caso similar es el de la comunidad Mayagna Awas Tingni situada en Nicaragua. Sus integrantes durante décadas reclamaron al Estado nicaragüense la titularización de sus tierras tradicionales. Como no obtuvieron respuestas, apelaron a la Corte Interamericana de Derechos Humanos quien sentenció 2001: “Para las comunidades indígenas la relación con la tierra no es meramente una cuestión de posesión y producción sino un elemento material y espiritual para preservar su legado cultural y transmitirlo a las generaciones futuras (..) porque tienen una tradición comunitaria donde la tierra es propiedad colectiva y la pertenencia de ésta no se centra en un individuo sino en un grupo y su comunidad”.
Muchas veces, no solo en Argentina, no hay asociación que pueda hacer que se cumplan ciertos derechos. Es por esto que un paso gigante en esta materia fue cuando en 1948 se plasmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas la internacionalización de los derechos humanos, esto es, dejaron de ser un asunto interno de cada país para pasar a concernir a toda la humanidad. Esta internalización ayudó por ejemplo, en el caso de la comunidad Mayagma Awas Tigni en Nicaragua.
Otra historia que cuenta Ceferino es la de Tarija, en Bolivia, donde vivía una comunidad agricultora y durante años pelearon por materiales para el campo y aún hoy siguen sembrando a pulso. “Ya los changos están jodidos. Ven a todos que progresan y ellos no. Los chicos van al colegio y no les pueden dar gustos. Entonces se van al centro y se matan trabajando. Vamos quedando pocos, ya no quieren pertenecer a la comunidad. La gente está desganada de ser lo que somos. Les da vergüenza y miedo, es como si uno quisiese dejar de ser argentino”, explica Ceferino. Por otro lado dice que en San Silvestre y la comunidad Pablo Secretario, “el barrio se comió a la comunidad” porque se desgastan ante tantos años de lucha. Entonces, o se acoplan a la nueva sociedad imperante, cambian su cultura y costumbres, o quedan excluidos.
Ceferino está tan preocupado y comprometido en el tema que parece tener más que 22 años. Trabaja en una ladrillera, gracias a que su patrón inventó una máquina de hacer ladrillos huecos que a pesar de ser bastante precaria (tanto que la ideó para que funcione sin gas ni luz, porque carecen de esos servicios), le dio trabajo a 12 personas. Un ejemplo claro de cómo la revolución industrial coadyuvó a que aumente la mano de obra desocupada en el mundo. En Tartagal hay mucha gente con ganas de trabajar que solo reclaman herramientas.
“Yo disiento con mi abuelo porque los otros caciques consiguen cosas porque se meten en la política. Pero mi abuelo me dice que no hay que ser así. Porque los políticos prometen pero ni siquiera preguntan que necesitamos. Nosotros tenemos chicos desnutridos y que no van al colegio, viejos sin pensión y necesitamos el título de la propiedad, para esos problemas queremos soluciones”, explica Ceferino, integrante de una nueva generación de caciques que tienen bastante claro cómo es la realidad en este mundo moderno. Se dio cuenta, por ejemplo, de que un solo cacique general que represente a todas las provincias (como ocurre con Calermo) no es del todo conveniente o hasta ahora no dio resultados demasiado positivos. Lo que Ceferino se pregunta casi contestándose a si mismo es “por qué no pueden tener ellos sus propios referentes”. Tal vez de a poco, casi sin darse cuenta, también la política se está comiendo a las comunidades, porque entremezclados con este mundo moderno de corrupción, pobreza, calentamiento global y exclusión los caciques no cumplen con su función de la manera lineal como fue históricamente su cultura milenaria.











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