Al borde del paraíso


Al borde del paraíso

Llegó el 2009 y el mundo evolucionó, llegaron los celulares con Internet, las computadoras más chicas que un cuaderno, cambiaron los presidentes y volvieron antiguas guerras, sin embargo, en un rincón de Córdoba parece que se sigue viviendo en los años setenta.En San Marcos Sierra, pueblo al noroeste de la provincia, la gente parece traer el hippismo en la sangre. Todo aquel que vive aquí sabe cuales son las reglas básicas de convivencia: evitar los bancos, edificios e instalaciones eléctricas innecesarias, honrar a la pacha siempre que haya oportunidad, y saludar a todo aquel que uno se cruza con una sonrisa.Con una quebrada de montañas avasallante de fondo, los habitantes usan las tierras con mucho respeto, no como dueños sino como iguales al río, las plantaciones y demás animales que adornan el paisaje.Muchos dicen que el lugar es un foco energético y que por eso es que años atrás vivieron aborígenes comechingones. Lo seguro es que en la actualidad mucha gente que viene por el día se queda semanas, meses y hasta termina vendiendo su casa, comprando un terreno y mudándose para vivir en comunidad con sus vecinos del monte.La energía está para aquel que cree en ella, y el que no cree igualmente siente la buena predisposición de los lugareños cada vez que cuentan alguna historia del lugar o enseñan a reciclar, a cultivar o a ver otras realidades que no llegan a los diarios, como los conflictos con las comunidades aborígenes y los gobiernos provinciales, las luchas por evitar la inserción de las multinacionales o mantener las fuentes de agua mineral como están, tarea nada fácil.“¡Aprendan!”, dijo Don Carlos, de 81 años cuando les muestra a los veinteañeros, en su mayoría porteños, que se hospedan en su camping en la quebrada a cortar la leña para el fuego, “para eso vinieron al fin y al cabo”, remata. Todos se ríen pero saben que tiene razón, y si no es una acción en particular lo que llevan es otra forma de vida, otro punto de vista de las cosas.Cultura no falta, originaria o importada. Muestras de arte, cine y música, circo, teatro y por su puesto feria de artesanías con mochileros de toda Latinoamérica. Y si no es cultura lo que se busca es cuestión de caminar río arriba unos kilómetros por el monte buscando algún lugarcito para echarse a descansar rodeado de las sierras que hacen sentir como una hormiga a cualquiera de una manera bastante más bella que los rascacielos de las metrópolis del mundo.Daniela Raschcovsky