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El milagro de Elton John

Bellas Artes | Constanza Mango | 09/02/2009 3:36 pm

Por Santiago Rivaldo

A eso de las seis de la tarde salí de la redacción rumbo a puerto madero. La consigna era conseguir “algo”. Cuando el editor te dice así, generalmente esperás trabajar el triple y no conseguir nada. Así que mi ánimo no era el mejor.

Ser paparazzi esta bueno a veces pero, generalmente, se va la vida esperando que pase ese “algo”. Y uno le reza a los dioses de la fama y el glamour y peregrina por las calles de Buenos Aires, aparentemente sin rumbo, pero con los destinos fijados por la inercia de saber donde esta la movida de los famosos.

Uno de esos puntos, y el menos original de todos, es Puerto Madero. Como no era una linda tarde para andar innovando el recorrido bajo el sol allí fuimos Paulita, mi compañera fotógrafa, y yo.

Antes de iniciarme en este rubro pensaba que las revistas tenían todo fríamente calculado. Que sabían dónde, cómo y cuándo, van a poder hacer una foto. Que los famosos eran todos agretas y que los trabajadores de los medios seguro ganaban una fortuna todos. Con el tiempo me di cuenta de que todo es al revés. Las revistas, la mayoría de las veces, regocijan en la suerte a las notas y, cuando no, generalmente, el personaje no vale la pena. Los famosos son como cualquier persona con un autoestima diferencial y hasta te los podés cruzar en los chinos de a la vuelta de tu casa. Con respecto al salario de la prensa… bueno, hay excepciones.

Recuerdo que unos minutos antes caminábamos por la peatonal Dealessi y Paulita sacaba fotos del atardecer y del efecto de luz que éste genera entre los edificios. Paulita es una de las pocas fotógrafas de este medio que todavía disfruta de sacar buenas fotos. Para los demás su pasión esta completamente bastardeada por la rutina. Mientras tanto, yo puteaba por que me habían querido cobrar una botellita de gaseosa ocho pesos en el kiosquito del “barrio”. Todo indicaba que la noche iba a ser larga. Todo, que en realidad, era nada. Por que no pasaba nada.

Hasta que finalmente algún santo nos iluminó de lleno. Quisiera decir que lo descubrí por intuición pero en realidad era imposible no darse cuenta de que, unos pendejos con discos, remeras y banderas de Elton John, eran señal de que algo sucedía. Nos acercamos y charlamos con los pibes. Luego de bajarles un poco el nivel de histeria en sangre y, entre gritos que tampoco logramos descifrar, interpretamos que efectivamente el músico cenaría en ese restaurante. El mismo que visitó Madonna cuando pasó por nuestro país.

Cuando suceden estas cosas no queda más que abrazar al compañero con la única motivación que vale: “¡Hoy nos volvemos temprano!” o “¡Si terminamos temprano quizás llegue a mi casa para comer sentado de una vez!”. Pero hacía calor para abrazos. Eran casi las siete de la tarde y ya habíamos resuelto el día de trabajo. Nada mal si estas acostumbrado a caminar doce horas y volver con las manos vacías.

“¿A qué hora viene a cenar?”, pregunté a un fanático. “Dijeron que reservó mesa para las 20”. Eso nunca lo voy a entender aunque lo veo siempre: ¿Cual es el motivo para ir tres horas antes a esperar que llegue alguien que sabes que va a llegar tres horas después? “Que se yo, está bueno. A parte no me puedo quedar en mi casa sabiendo que él va a estar acá”, me respondió otro fan. Inexplicable.

Pasada la emoción de haber conseguido una buena nota temprano encaré para el restaurante a negociar la comida. Como todo trabajador de los medios sé que si le saco una foto al famoso comiendo allí, con algo te invitan. No era el caso. “Cuanto menos publicidad tengamos mejor”, me confesaron. “¡Listo, quedamo´ asi!”, contesté.  

Faltaba poco para las ocho de la noche. Ya éramos unos cuantos, entre camarógrafos, fotógrafos, periodistas y fans, esperando (y rezando) que Elton venga para que nosotros nos podamos ir. La tensión aumentaba. Algunos intentaban relajarse. Pero sobre todo relajar a los pendejos que estaban empezando a generar dolores de cabeza, contándoles historias de famosos. El entre, como siempre, fue “y, ¿A qué famoso conoces?”… A lo que la respuesta obvia es “emmm… trabajo de esto así que… decime cual te gusta y te cuento algo”. Interminable. Me aparté tan rápido de esa charla como de la minita que me vino a preguntar si alguna vez le hice una nota a Facundo Arana. Si, soy un poco fóbico.

Ya había apagado el décimo pucho cuando en la esquina dobló una camioneta gris y atrás otra igual. Alguien de prensa dijo “show time”, nunca supe quién fue el imbécil. 

Redacción: Santiago Rivaldo

Fotografía: Paula Palacios

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